# Vivir entre inocentes y culpables

Encendí la computadora, son las 10 de la noche y recién logré que mis dos hijitos se duerman. En este silencio que rara vez es mi compañía, voy a tratar de contar a qué me dedico. Para empezar, puedo decir que todos los días llego a mi trabajo después de subir dos pisos por escalera porque el ascensor nunca anda. Atravieso un pasillo de casi setenta metros y, justo frente a un baño, está mi oficina de dos por dos. La higiene es una virtud que ese lugar no conoce pero a cambio posee una ventana enorme que deja que el sol brille impiadoso y sea un buen compañero en invierno y un enemigo invencible en verano. Hay un escritorio, una computadora, dos sillas y un teléfono que rara vez funciona.

Debo ser sincera. El primer párrafo oculta lo más importante. Yo trabajo con historias. Pero no con historias como las de los novelistas. Las historias que me atraviesan como rayos son reales. El odio, el desamor, la esperanza y el amor no me llegan como invenciones dentro de una trama o un guión. Todos esos sentimientos son palpables y a veces no caben en mi pequeña oficina. Soy defensora oficial en los tribunales bonaerenses. Por eso digo que trabajo con historias reales. A diario defiendo a inocentes y culpables. De hombres que no pueden salir del laberinto en el que a veces se convierte la Justicia, un laberinto kafkiano tan frío e impiadoso como las armas de fuego.

Mi trabajo no es automático. Tampoco soy como esas abogadas que aparecen en las series, como Damages o La ley y el orden, por ejemplo. No puedo desvincularme de los casos que me tocan. No puedo llegar a mi casa despojada de las historias que escucho, del dolor pegajoso que queda en el aire. Esas historias me acosan, no sólo las historias de los delitos que trajeron a esos acusados a mi escritorio, a sentarse en una de las dos sillas que hay en el lugar. Me acosan sus historias de vida: saber qué eran antes de apretar el gatillo, empuñar un puñal o usar sus manos para robar o matar. Sus futuros me parecen inciertos y oscuros.

Desde que pienso en escribir este texto, me ocurre algo extraño: las caras y las voces de mis detenidos vienen a mi cabeza. También me llegan lo que dicen los expedientes, pero lo que más me perturba es esa parte del relato que se queda sin que nadie la cuente: el lado humano, que casi siempre queda oculto detrás del delito.

Cuando ocurre un hecho policial, de esos que llenan los diarios, hay un cuento que domina todo. Pero hay mucho más debajo de ese título que busca simplificar la historia: “La mató de un tiro para robarle veinte pesos”. La persona que es detenida por ese hecho, por ejemplo, siempre queda solo: nadie lo defiende, ni siente compasión y mucho menos cuentan su historia de vida. Suelen ser demonizados. No hablo de contar por qué lo hicieron ni de empezar a justificar nada. De lo que hablo es de contar historias y decir quiénes son, de dónde vienen, quiénes los quieren y quiénes sufren por su detención.

Muchas veces las historias son como flashes que aparecen y se van, pero otras veces las historias se quedan conmigo por un largo tiempo. La mayoría de las veces, olvido los motivos de la detención y cuando le cuento a alguien alguna historia por catarsis, siempre llega la pregunta obligada: ¿por qué esta detenido? Respondo que no lo recuerdo. Esto es verdad. Pero las caras de mis interlocutores se iluminan de descreimiento. Alguna vez me han dicho que lo digo para justificar a mis defendidos, pero no es así. Para poder trabajar, necesito olvidar por momentos los motivos de la detención. Dejar de lado un poco el hecho policial que los trae a mi oficina, es una manera de poder ocuparme de las personas. Creo que es por esto que puedo hacer diariamente mi trabajo y mantener el entusiasmo aunque pasen los años.

Aún recuerdo claramente a mi primer detenido. Fue condenado a prisión perpetua por el delito de homicidio agravado por alevosía. Lo que más presente está en mi memoria no es su preocupación el día que lo conocí, sino la cara de tristeza de su madre cuando lo detuvieron después de estar prófugo más de dos años. También recuerdo el desconsuelo de toda su familia (dos hermanas, su esposa y sus dos hijos adolescentes) el día de la lectura del veredicto, donde su suerte quedó sellada pese a las apelaciones posteriores que en nada lograron modificar esa condena.

Nadie que no haya estado en una lectura de una sentencia de prisión perpetua puede saber cómo sufre la familia del condenado ese día y todo lo que sufren después en ese acompañamiento que hacen con esfuerzo para no perder el lazo que los une. Son esas historias las que me trajeron hasta acá para tratar de darles voz, de hacerlas visibles. Son esas historias y esas personas las que me ponen frente a la computadora para tratar de escribir. Escribir pese a todo. Como ha hecho el escritor alemán Ferdinand Von Schirach, que en sus libros escribe sobre su experiencia como abogado penalista.

Mi trabajo se convirtió en una rutina como cualquier otra. A primera hora vienen familiares de los detenidos a buscar novedades. Ellos quieren la fecha de libertad pero el expediente rara vez incluye ese dato, por momentos la cuestión es tan imprevisible que da pavor. La mayoría se divide entre madres desesperadas por sus hijos presos y esposas con hijos pequeños que tienen problemas para sobrevivir con el marido detenido. Los menos son amigos preocupados por alguien que está detenido, parece que la amistad no resiste los tiempos de tribunales y la rutina de la cárcel. El lazo de sangre y amor parece que es el único vínculo dispuesto a sobrevivir el encierro, aunque a veces ni eso. Ninguno de ellos tiene el dinero suficiente como para pagar un abogado particular.

La parte del trabajo que más tiempo ocupa de mi día es la que tiene que ver con los expedientes. Ver las novedades y apelar resoluciones y sentencias. También hay una parte que nadie ve y es la que más me cansa: hablar con fiscales y jueces sobre el futuro de mis defendidos. Es muy desgastante hablar con ellos, porque es ahí donde un defensor toma conciencia de su soledad en el proceso. La defensa trabaja sola, sin ayudantes ni medios para investigar: sólo puede recurrir a la familia, que en algunos casos puede aportar algún testigo u otro elemento para llevar algo de verdad al expediente. La defensa rema contra la corriente de un río que ruje pendiente abajo. 
Algunas de mis jornadas terminan con entrevistas a los detenidos. En esas charlas ellos pueden hablar con alguien que está en libertad, son las que me permiten palpitar cuáles son las verdaderas consecuencias del encierro. No son ni los fiscales ni los jueces los que se enteran de eso. Es decir, el fiscal en el juicio pide una pena y el juez la define, pero son los defensores los que hablan con el detenido a lo largo de los años de encierro y van viendo cara a cara el deterioro que la prisión implica en la vida de esos hombres y mujeres condenados.

Hay muchas historias para contar y lo que quiero es poner en imágenes a color cada una de esas vidas. Hay personas detenidas que luchan contra el olvido, acaso la peor condena. Quiero que tengan voz, no sólo en los hechos por los que fueron detenidos sino más bien porque han entrado en la cárcel de un modo y saldrán de otro. Nunca volverán a ser los mismos. Sus familiares también cambian con el tiempo. La cárcel no deja a nadie indemne. Yo tampoco soy la misma después de cada caso. A ellos los transforma el encierro y a mi me transforman ellos; sus historias y su vida.

Recuerdo la primera vez que vi la muerte. Yo tenía veinte años y recién empezaba a cursar Derecho Penal en la UBA. Era mi segundo año de abogacía, la carrera que siempre dije que estudiaría. Por ese entonces, en los años 90, trabaja gratis en una fiscalía de Instrucción y era costumbre que ante un homicidio, el fiscal se trasladara al lugar del hecho. Aquel día estaba nublado y nada hacía pensar que la rutina de oficinista pudiera tener algún sobresalto. Sin embargo, el fiscal recibió la llamada de la Policía: había ocurrido un asesinato. El oficial de calle de la comisaría 1ª de San Justo informaba que un panadero había matado a un ladrón cuando intentaba robarle la recaudación de aquella mañana. Me ofrecí a acompañar al fiscal. Cuando llegamos al lugar, el auto quedó estacionado en la puerta de la panadería. No entramos, sino que caminamos unos treinta metros hacia la derecha del negocio. Allí, bajo una frazada, había un cuerpo sin vida. Se trataba de un chico, de no más de dieciséis años, de remera y bermudas, con zapatillas deportivas. Lo que no pude olvidar, todavía hoy, fue que en su mano, ya rígida por la muerte, y ubicada cerca de la cara, estaba el botín. Se trataba de dos billetes de dos pesos apretados entre los dedos. El chico había sido herido por un disparo de una pistola calibre 22 en el cuello, que le había permitido correr esos metros hasta caer muerto en la vereda. Del panadero no me acuerdo ni la cara. Tampoco me acuerdo de la panadería, ni siquiera recuerdo haber entrado más tarde. En realidad creo que de ese día, no recuerdo nada más que ese chico tirado en la vereda, esa muerte que llegó por cuatro pesos.

Éste fue el punto de partida de mi carrera delincuencial, mejor dicho cerca del delito. Siempre atrás, después de que ocurre un crimen o un robo, siempre caminando sobre las consecuencias de los actos. Sobre la vida de unos, de otros y también sobre la mía.

(publicado en http://editorialorsai.com/master/ el 25 de septiembre de 2013)

 

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#1 Crónica: Aquino, el diario y el museo.

Una bañadera, un maniquí desnudo detrás de una cortina de baño de plástico transparente, frente a un espejo. Una pizarra y recortes de policiales del diario. Esta es la última instalación del tercer piso del Museo Lucy Mattos de Beccar.

Esta obra artística no hubiera dejado rastro en mi memoria si no fuera porque entre esos artículos seleccionados había uno sobre un hecho que yo conocí bien.

Como soy abogada, conocí a Aquino cuando quedó detenido por homicidio.

Según el diario, “Él la acosaba por teléfono y personalmente para que fuera su novia. Ella no hizo más que rechazarlo y finalmente el sábado a la noche, en el colectivo 32 de Fiorito a Budge cuando ella volvía de su trabajo, él la mato de un tiro”.

Yo defendí a Aquino por este hecho y sé bien, porque así quedo probado en el expediente, que Aquino y la joven fallecida, no se conocían ni se habían visto nunca.

Aquino, tiene veinticinco años, está casado con Esther desde hace cinco y tienen dos hijas, Emilce de cuatro años y Tati de dos. Viven en Budge desde que nacieron, se conocen desde siempre y hace ya mas de tres años que son evangelistas. Él trabaja desde el 2007 en una distribuidora de productos de belleza en la Capital. No tiene antecedentes penales y nunca tuvo ningún problema con la ley.

Conocí a Aquino, el lunes que siguió a ese sábado, cuando lo trajo la policía, detenido para que tengamos una entrevista como sospechoso del homicidio. Es un muchacho tranquilo, de pocas palabras y ese primer día no dijo mucho, más bien diría que no dijo nada, solo que no recordaba que había pasado y que no conocía a la chica muerta. En ese momento creí que estaba enfermo y que no entendía ni lo que yo le decía. Nuestra comunicación ese día fue muy rara, nunca sabré si entendió mis palabras. No me hizo ninguna pregunta, pero tampoco me contó mucho, solo me habló de su familia. Me pidió que les avise que estaba detenido y que los ayudara porque no tenían ninguna experiencia en casos como este. No lo vi ni asustado ni sorprendido, creo que fue eso lo que me hizo pensar que tal vez no comprendía lo que estaba pasando y que significaba estar detenido en la provincia de Buenos Aires por un homicidio agravado. Llegué a pensar que tenía problemas psicológicos porque ante mis palabras estaba inmutable, como si lo que yo le decía sobre el caso le estuviera pasando a otro.

Más tarde cuando me pude entrevistar a Esther, una chica de unos veintitantos que era la esposa, entendí que ésa era su personalidad. Ella me dijo que Aquino era un tipo de pocas palabras, mas bien parco que siempre había tenido una vida tranquila hasta que unos veinte días antes del homicidio algo había cambiado. Había caído en la droga por culpa de las malas juntas decía Esther en esa entrevista. Siempre habían ido a la iglesia juntos y ella decía que el culto los había mantenido juntos y sanos. Pero ahora Aquino estaba raro, había dejado de ir a la iglesia y salía mucho. Para ella, él consumía pastillas y alguna otra cosa, y eso lo había puesto violento. Habían empezado a tener problemas entre ellos y algunos días había faltado de la casa, sin que ella supiera donde encontrarlo. Primero faltó al trabajo sin avisar dos días y después, porque en ese trabajo lo querían, le permitieron tomar quince días de vacaciones para que arreglara sus problemas. Esos días de vacaciones se terminaban el lunes que lo conocí.

La historia se reconstruyó con los testigos en el expediente. Aquino y la chica no se conocían y esto lo declararon los amigos y familiares de ella, y también la esposa y la madre de él. Victima y victimario no compartían nada antes de ese sábado. Ese día solo compartieron un viaje en colectivo.

Nadie puede decir que fue lo que pasó, ninguno de los pasajeros de ese colectivo que iba lleno pudo ver al asesino, ninguno pudo recordar que paso en los momentos previos a escuchar el disparo y lo único que pueden decir es que después del tiro, un muchacho bajó del colectivo corriendo y lo perdieron de vista. El disparo impactó en el cuello de la chica y ella murió en el acto, su celular desapareció y por eso el Fiscal acusa a Aquino de homicidio criminis causa, es decir, de haberla matado para poder así robarle el celular.  El fiscal tiene pruebas de que Aquino estaba armado a bordo del colectivo con un revólver calibre 22 largo marca Doberman y que fue quien disparó, pero nada dice del acoso que había sufrido la chica y que releva el diario según fuentes policiales.

En el expediente, para el fiscal está probado que Aquino mató para robar el celular y por este hecho le pidió en el juicio oral la pena de prisión perpetua. Nadie sabe que fue lo que pasó por la cabeza del asesino en el momento del hecho, pero esto poco le importa a la fiscalía. Lo único que importa, en palabras de la justicia, es tener un culpable y eso la policía lo había logrado antes de que la chica fuera sepultada.

# cadaveres

Minientrada

La frase que le da nombre a este blog, es celebre en mi casa. Mejor dicho, es celebre en mi vida.

Cuando era chica, escribi una composición en cuarto grado, sobre un viaje al espacio en cohete, y la primera frase que trasmitía hacia la tierra era “cadáveres nos rodean”.

Lamentablemente, de ese relato hoy solo queda la frase, porque en el afán de la vieja, de hacer limpieza los cadáveres se fueron.

Lo único que conservo es la imagen principal, una ventanita redonda, un espacio exterior oscuro y los cadáveres flotando en el aire.

Ahora buscando un nombre para este espacio, supe que esta frase significa muchas cosas para mi.

Algunas tienen que ver con mi infancia cuando escribir era una pasión sin prejuicios, sin necesidad de revisión ni corrección. Despues ya en mi juventud, entendí que los cadáveres son todas aquellas aventuras que en su momento se viven intensamente y ahora si uno las piensa dan un poco de vértigo.

Ahora, a veces, literalmente algunos cadáveres me rodean y pretendo poder empezar a contar esas historias… veremos que puedo hacer con eso… de a poco, pero voy a empezar.